Visitando Transnistria: el pais que no existe.


Chisinau, capital de Moldavia.

LA BELLEZA FEMENINA

Coincidiendo con mi compañero Álvaro, no desaprovechamos la oportunidad de entablar nuestras particulares charlas y entre tema y tema surgió a comentario el curioso paradigma de la ‘belleza femenina’. La belleza femenina es relativa según el contexto, tiempo, cultura, geografía –debatíamos intensamente- y por supuesto el «interés por lo desconocido» – añadí-.
Ese interés y debate por lo desconocido nos llevo, en menos de una hora, a comprar un billete de avión hacia los países del Este, exactamente Moldavia.

TRANSNISTRIA: «USTED SE ENCUENTRA AQUÍ; NOSOTROS NO»

Transnistria. Trans…¿qué? me preguntaron los compañeros de viaje –que de paso, éramos 5 personas-, indicándoles en el mapa un país que teóricamente no existía entre Moldavia y Ucrania. Un país con su propia moneda, bandera, gobierno y lo más importante: sin protección diplomática.


Transnistria no está catalogada como país por la O.N.U y es por ello que carece de cualquier embajada o consulado que represente a países extranjeros. -miento, existen las embajadas de dos países que tampoco existen según la O.N.U: Abjasia y Osetia del Sur-.
Resumiendo: si algo nos pasaba en aquel ‘Area 51’, estábamos bien jodidos.

UN VIAJE, ¿CON RETORNO?

Eran las 8’00 a.m. Reunidos en el hall del hotel de Chisinau (Moldavia) debatíamos la forma de poder llegar a aquel inexistente país: más de 3 horas de autobús o conducir con el coche que el día antes habíamos alquilado.
Por decisión unánime se eligió coche, con la salvedad de que una vez llegáramos a Bender (municipio más próximo a la frontera) aparcáramos el turismo para poder entrar en aquel raro país vía autobús.

«Gire a la derecha y después continúe recto» nos guiaba la dulce voz del gps a la misma vez que observábamos a lo lejos una frontera.

– ¿Una frontera? – pregunto retóricamente Álvaro que ejercía de conductor.

– ¡Maldito Google Maps de mierda!, ¡La frontera debería de estar 10 kilómetros más adelante! – grité desesperado.

– ‘Despacito…’, ‘Despacito…’ le susurraba a Álvaro entre dientes – al ritmo de Luis Fonsi- mientras nos aproximábamos a los militares.

– Passport – me indico el militar con un claro acento ruso mientras nos señalaba hacia la garita.

– Passport car – me espetó el militar de la garita mientras le daba nuestros pasaportes.

– ¿Pasaporte del coche? – Ahora sí que estamos jodidos, se van a pensar que el coche es robado […] menudo puro nos van a meter los del renting […].

El «passport car» resultó ser la documentación del turismo y el visado un trozo de papel con nuestros datos donde no podíamos estar más de 10 horas en el país; no os quiero contar lo que pasaría si superábamos el límite de tiempo. Añadir que tuvimos suerte, porque no nos pidieron ningún tipo de soborno, aunque solían hacerlo.


 

TIRASPOL: LA CAPITAL PROMETIDA

Recorrer las calles de Tiraspol era lo más parecido a regresar en el tiempo a la antigua URSS. Calles anchas como pistas de aterrizaje, banderas con la hoz y el martillo y un misterioso nombre que aparecía por toda la ciudad: «Sheriff».
¿Quién era Sherrif?. Habíamos oído que era la mano derecha del Jefe de Estado Vadim Krasnoselsky – un tipo duro, suponía yo-. Sheriff en gasolineras, Sheriff en edificios, parques y jardines… Sheriff por aquí y Sheriff por allá.

Bueno, pues Sheriff es un conglomerado empresarial privado del Estado que debido al no reconocimiento de Transnistria como país por la O.N.U y su libre comercio, solo se desarrolla de forma interna, eso sí, mejorando la economía.

Aparcamos el coche y salvamos la localización gps –lo último que queríamos era perdernos-.

«The House of Soviets» con el busto de Lenin situado en el centro de la plaza nos empezó a llamar la atención. Conforme más avanzábamos, más nos metíamos en la antigua URSS.

Dniester es el rio que confluye por la ciudad y a su lado la gran ‘Strada 25 de Octombrie’ en memoria a la Revolución Bolchevique con la enorme Oficina del Gobierno Federal y su majestuoso monumento a Lenin.




Enfrente el «Complexul Memorial» y un tanque recuerdan a los caídos en la Guerra Civil que asolo el país entre 1990 y 1992. Curiosamente, una llama eterna permanece en el lugar, recordándome mi visita al Cementerio de Arlington en Washington D.C con su monumento a J.F. Kennedy.
Y no menos importante, la escultura al generalísimo ruso Suvorov Aleksandr, del cual dicen nunca perdió una batalla.




 

EL RELOJ A CONTRARELOJ

Nos quedaba menos de una hora para el superar el límite permitido. Nos fuimos no antes sin gastarnos los rublos transnistrios –aunque yo preferí guardármelos como pieza de colección- y echarnos unas fotografías con los compañeros de la policía transnistria.
Con tan solo unos minutos logramos localizar la frontera -no sin antes perdernos- y traspasarla.

Volvíamos a existir. Volvíamos a tener identidad. Y lo más importante: ya teníamos protección diplomática del Estado Español en Moldavia.  ¡QUE DIOS BENDIGA ESPAÑA!.

 

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