Cu Chi: Los túneles del terror


Cu Chi: los túneles del terror

En Vietnam todo objetivo tendía a difuminarse: nunca se avanzaba ni se retrocedía. De la nada las tropas estadounidenses eran atacadas por un enemigo invisible; un enemigo que no podían localizar en la frondosa selva vietnamita.
Las bajas se acumulaban y la desesperación se apoderaba de ellos; los vietnamitas se esfumaban por arte de magia al ser encontrados y los norteamericanos no entendían como lo hacían.

De casualidad, un sargento al sentarse, fue picado por lo que creyó ser un escorpión. Lo que creyó ser una picadura, finalmente resultó ser el arista saliente de una trampilla. Una trampilla oculta entre las innumerables hojas de la frondosa vegetación; ¡habían localizado al enemigo!.

Laberinto infernal

Nuestro anfitrión y guía vietnamita del que se hacía llamar John -Rambo, pensé- fue un veterano de guerra en Vietnam. Un veterano que mientras contaba las historias y penurias sufridas, un semblante rostro se asomaba por su cara. Un veterano de guerra, que nadie mejor nos guiaría a los invisibles -para el inexperto ojo humano- entramado de túneles.

– ¿Quien puede localizar la trampilla de acceso?, – preguntaba John en tono desafiante en un área que no llegaría a los veinte metros cuadrados.

La búsqueda por parte de los quince turistas que integraba el grupo fue infructuosa.

– Podéis dejar de buscar, – a la vez que apartaba un denso manojo de hojas nuestro anfitrión, destapando una de las trampillas que daba acceso a una red de túneles de más de 120 kilómetros de longitud.

Unas dimensiones de treinta por veinte centímetros aproximadamente daban acceso a una dimensión desconocida. Un dimensión a la que fuimos invitados a entrar los más valientes y por supuesto más delgados.

– No avances mucho en el interior; esta parte no es turistica y no sabemos lo que puedes encontrarte ahí dentro, – me indicaba John a la vez que le hacia caso omiso mientras intentaba encajar el cuerpo en aquel claustrofóbico hueco.

Recuerdo untarme el cuerpo de barro mientras me deslizaba de rodillas por un pasadizo de apenas medio metro de altura, con la tenue luz que alumbraba la linterna de mi móvil. De repente algo espeluznante entorpeció mi camino; marcha atrás -meditaba sin hacer apenas ruido-.

 





 

El agente naranja

Los túneles de Cu Chi fueron unas de las causas de la victoria del Vietcong en la guerra. No obstante, los estadounidenses atacaron con un potente herbicida denominado “agente naranja”, el cual actuaba a modo de defoliante privando a las guerrillas de cubierta donde protegerse. Se estima que 400.000 personas fueron mutiladas y más de 500.000 niños fueron mutilados ambos a consecuencia del potente herbicida.

Aquí es donde viene la anécdota, donde uno de los turistas exclama asombrado su encuentro con un enorme cienpies.

– ¡No lo pises!, – le recrimina John al turista. A la vez que sostenía aquel peligroso quilópodo con la mano.

– Cuando Estados Unidos lanzo el ‘agente naranja’ contaminó casi todo. El unico alimento estaba bajo el subsuelo, – haciendo el amago de comérselo.

Solo entonces comencé a sentir el sufrimiento de aquel pueblo, sumido por el hambre y asedio de los norteamericanos.


 

Ratas de túneles

Ratas de túneles podría ser cualquier hombre que fuera enviado en una misión a uno de los túneles de Cu Chi. Por lo general entraban con una pistola del calibre .45 y algunos explosivos. Ya que los túneles eran muy angostos, solo los hombres mas pequeños pasarían interminables horas bajo el suelo, evitando caer en las trampas del Vietcong.

Ineficaces fueron estos hombres, donde no tenían ni idea por donde andaban en su interior, pudiendo acceder a una aldea subterránea y ser atacado cara a cara por ele enemigo. Probaron también con Shepards alemanes -grandes perros olfateadores-, pero que al usar las fuerzas comunistas jabón americano, resulto igual de ineficaz.







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